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Las Venus, nuestro linaje mágico de la fertilidad


La “Sleeping Lady” del Hipogeo maltés de Hal Safleni.Museo Arqueológio,Valletta,Malta.

En el Paleolítico más cercano se tallaron unas pequeñas pero muy llamativas esculturas femeninas, que en nuestros días conocemos como Venus prehistóricas. Estas esculturas son representaciones de mujeres desnudas en las que resaltan sus abultados senos y abdomen.


Los estudios señalan que podrían ser modelos de belleza paleolítica, mientras que los investigadores aseguran que eran divinidades que representaban la fecundidad y la Madre Tierra.


La Venus de Lausel y la Venus de Willendorf son las más conocidas de todas estas diosas primitivas y se relacionan íntimamente con el culto a la fertilidad.


Sin embargo más allá de los estudios el arquetipo de la Diosa Madre, de la mujer como elemento central en la propagación de la vida y la perpetuación de la especie humana, subyace en el inconsciente colectivo. Es un vinculo mágico que une a los seres humanos a lo largo de los tiempos. Quizás por ello, en la actualidad se ha recuperado el valor talismánico y benefactor de las venus, y muchas personas tiene en sus casas una talla de la Diosa Madre.


La historia de la fertilidad, unida por su misma esencia a la existencia del hombre, ha estado envuelta durante miles de años en un aura mágica, a medio camino entre lo humano y lo divino.


Venus de Dolní Vestonice

“En la fase más antigua, en la que todavía no se reconocía una relación entre el hecho de engendrar y el de dar a luz, la mujer, la engendradora, aparecía como la fuerza creadora todopoderosa, que dominaba sobre el hombre y el animal, sobre la vida y la muerte. Como Gran Madre encarnaba el deseo humano de fertilidad así como la esperanza de superación de la muerte, a la que el hombre de la Edad de Piedra, que pocas veces alcanzaba una edad superior a los 25 ó 30 años, se enfrentaba mucho más directamente que el hombre de hoy. Su signo mágico, la vulva, la puerta hacia la vida, se grababa en la roca en los lugares de culto o se esculpía en relieve desde los más antiguos tiempos auriñacienses. En forma de cauríes acompañaba a los difuntos a la tumba, como amuleto, quizá para asegurarles la resurrección”.


Las palabras de Pepe Rodríguez resumen a la perfección la esencia de estas representaciones prehistóricas:


“El hallazgo fundamental de la ideación de la Diosa fue concebir un concepto totalizador capaz de integrar sin fisuras el macrocosmos y el microcosmos. Como ente asimilado a la fisiología femenina y a su rol maternal, la Diosa no sólo tenía la capacidad partenogenética y nutricia que la señalaban como causa y sostén del universo, sino que ofrecía un cuerpo cósmico, cual útero, en cuyo interior se gestaban todos los estados del ser como un continuum. La muerte y la vida se sucedían como la noche al día, eran complementarias e inevitables, dando lugar a una existencia sin fin. Ninguna formulación religiosa posterior ha sido tan holística, inteligente y tranquilizadora como la Diosa. Ningún dios varón, por muy Dios Padre que se haya erigido, ha tenido ni tendrá jamás la capacidad de integración y de evocación mítica de la Diosa”.


Cuando suspira Venus suspira el mar suspira el amor suspiro yo suspiramos todos. En la primavera olemos los perfumes de las plantas resplandecientes y su olor tan peculiar. Suspiramos todos.

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